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EL RÍO

Río y viaje son símbolos de iniciación y autoconocimiento. El río reúne aguas mientras viaja hacia su disolución en el océano. El viaje nos lleva siempre más allá, a lugares desconocidos. El viaje largo, más allá de las fronteras de lo familiar, nos arrastra como el río hacia lugares nuevos, lugares que nos despojan de los patrones habituales y nos descubren una realidad más profunda. A veces la revelación total de lo que somos, que nos transforma o aniquila, o las dos cosas a la vez, porque alguna muerte se llevará los restos de lo que fuimos.

Es lo que le pasa al afinador de pianos, Edgar Drake, que se entregará  a un viaje surrealista hacia la selva birmana, en el siglo XIX, con la misión de afinar un piano Erard.

Surrealista y terrible es la historia de las colonizaciones, una historia de rapiña, que todavía tiene las heridas abiertas y que Daniel Mason en El afinador de pianos, y Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, nos cuentan con un viaje y un río como protagonistas. Viaje y río que recorren dos personajes que, aunque no lo saben, se buscan a sí mismos. Un viaje en el que nada está garantizado, porque transita por esa dimensión del inconsciente y de la psique, que es el símbolo del río. Un río irresistible e irreversible, un río que nos atrae y arrastra desde sus fuentes hasta la disolución definitiva.

El ríogrulla

Un río que alimenta sus orillas en el barro de la selva virgen, que lo contiene todo, la tiniebla y la luz, la revelación, la redención y la muerte. 

Como decía Jung, el río como símbolo de “la oscura psique”, del verdadero viaje al fondo de uno mismo, a la psique individual y colectiva poblada de ángeles y demonios, en la que la única redención está en la evidencia de quienes somos, de lo que elegimos y de que nos  demos cuenta.

El río, espejo de la vida que nace y muere, símbolo del tiempo, contenedor de recuerdos. Todo vuelve otra vez a su lugar de origen. Una mujer que pasea bajo una sombrilla en un atardecer iluminado. El río que es sangre en las venas, que es latido y tesoro escondido, un misterio que nunca podrá ser  desvelado del todo.

El marino, en el relato de Conrad, describe la selva y el río poderosos, verdaderos protagonistas, lugares en los que el humano vive, atrapado en su propia sombra. Y nos describe también nuestras múltiples máscaras, como a esos que lo acompañan en el viaje y a los que llama peregrinos, porque no sabe qué hacen allí con sus largos palos en las manos. Interesante metáfora de búsqueda, de viaje, de camino y de vida, aunque no sepamos qué, ni para qué o hacia dónde, aunque no sepamos ni siquiera cómo.

Acabo de volver a leer los dos libros, magnífico Joseph Conrad, en su viaje a la oscuridad y a la verdad, y magnífico Daniel Mason, en su viaje a los sonidos y los colores originales, más allá de todas las infamias.

El afinador de pianos

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