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ECLIPSES Y MITOS SOBRE LA SEMILLA

Posted on 09/02/2017 by

Dos historias de la mitología pueden servirnos para reflexionar sobre el significado de los eclipses como símbolos del descenso de la idea creativa o proyecto al reino del Tártaro, al reino de la oscuridad, a las profundidades del inconsciente individual y colectivo donde viven los patrones formativos arquetípicos, para hacer su viaje a las profundidades del ser y volver fortalecida, purificada, llena de vida, como Perséfone, o desaparecer en el Tártaro como Eurídice.

Mito de Perséfone:

Perséfone era hija de Deméter, la diosa de la fuerza generativa de la naturaleza y de los cereales. Un día, mientras la joven Perséfone jugaba y recogía flores con algunas ninfas, fue raptada por Hades, dios del Tártaro, el mundo de los muertos.

Cuando su madre Deméter descubrió lo que había pasado, cayó en una depresión profunda que arrastró a toda la naturaleza y cubrió el mundo con un manto de oscuridad.

Ante esta situación los humanos reclamaron a Zeus, el rey del Olimpo, para que restaurara el ciclo de la naturaleza y así volvieran a crecer y fertilizar sus campos.  Zeus obligó a Hades a devolver a Perséfone, pero resulta que Perséfone en el Tártaro se había enamorado de Hades y además había comido una granada, símbolo de iniciación sexual, y quien comía en el Tártaro no volvía a salir. Hades y Perséfone decidieron hacer un pacto con Deméter, de esta forma durante seis meses Perséfone volvía con su madre y la tierra entraba en su etapa fértil y luminosa, la primavera y el verano. Durante los otros seis meses, Perséfone vivía en el inframundo con su esposo Hades y la tierra entraba en su época oscura, el otoño y el invierno.

Deméter es la diosa del cereal y Perséfone representa la nueva semilla encerrada en la tierra que cuando llega la primavera sale a la luz como brote verde para más adelante florecer, dar su fruto y generar nuevas semillas. Ambas son personificaciones míticas de la vegetación. La hija es personificación del cereal nuevo y la madre del grano viejo del año anterior, semilla de la siguiente cosecha.

Perséfone está relacionada también con las aguas subterráneas, que en su viaje a las profundidades de la tierra se impregnan de sales minerales y obtienen su capacidad para sanar y rejuvenecer el cuerpo y el espíritu.  El agua es el símbolo del elemento primordial en el que ocurre y se alimenta el nacimiento eterno. La primera Koré o doncella original, Afrodita, nació de la espuma del mar, como LUCA, la primera célula nacida en los océanos primordiales del planeta.

En el mundo psíquico, Perséfone es la idea creativa, la semilla, el proyecto, que necesita viajar al Tártaro del mundo inconsciente para llenarse de experiencia y contenido, para enriquecerse, purificarse, refinarse, madurar, revisarse y renacer más real, más acorde a nuestra situación vital y al ritmo de la naturaleza y sus ciclos. El mito nos enseña el valor de esperar, dar tiempo a las semillas para que florezcan, aceptar el misterio en el que se fragua la creación. Aceptar la confusión, el miedo, el enigma, la incógnita, y darse tiempo para descubrir el milagro de la semilla que nace, del brote nuevo que rejuvenece la vida.

Pero no todas nuestras propuestas y semillas florecen, sólo las que se bañan en las ricas aguas de la emoción y de la pasión que alimentan toda creación.

 

Mito de Orfeo y Eurídice:

La otra cara de la historia, las semillas que no renacen, la decepción, la sensación de fracaso, podemos verla reflejada en el mito de Orfeo y Eurídice.

Orfeo era un pastor, hijo de Apolo y Calíope, que heredó de ellos el don de la música y la poesía y que tocaba maravillosamente la lira. Y Eurídice era una ninfa de los pastos. Ambos se enamoraron y decidieron casarse, pero el día de la boda Ariosto, un pastor rival de Orfeo, intentó raptar a Eurídice. Cuando ella intentó huir, pisó una víbora y murió.

Orfeo desesperado decidió bajar al Tártaro a buscarla. Gracias a la belleza de su música consiguió que Caronte, el barquero de los muertos, le ayudara a cruzar la laguna Estigia. De la misma forma convenció al Can Cerbero, el perro guardián de las puertas del Tártaro, para que le dejara entrar. Hades y Perséfone disfrutaron tanto con la música de la lira de Orfeo que aceptaron que se llevara a Eurídice al mundo de los vivos, con la única condición de no mirarla hasta que terminaran de salir del Tártaro.

Orfeo comenzó su camino de vuelta con Eurídice detrás de él pero al llegar a la última puerta y vencido por su impaciencia, volvió la cabeza para comprobar que ella realmente le seguía. En ese momento Eurídice fue arrebatada otra vez por las sombras del Tártaro.

A partir de entonces, solo y deprimido, se dedicó a vagar por el mundo tocando tristemente su lira hasta que un día se encontró con las Ménades, el grupo de mujeres que acompañaban a Dionisos en sus danzas y festejos. Éstas le pidieron que tocara su lira para bailar pero Orfeo se negó y ellas, en un arrebato de furia, le cortaron la cabeza, lo descuartizaron y lo tiraron al río.

Orfeo representa ese aspecto creador que espoleado por las dificultades se lanza más allá de sus propios límites y lleno de esperanza es capaz de ir a las profundidades del Tártaro, el Inconsciente Colectivo, para estimular la semilla, la idea creativa, Eurídice, a que renazca de la oscuridad. En su viaje experimenta con su enorme capacidad creativa pero se ve dominado por la impaciencia y la desconfianza, por lo que fracasa y cae en depresión, estado en el que es aniquilado por las Ménades, las fuerzas de la naturaleza y el instinto en su aspecto más vital y salvaje, que le incitan a seguir viviendo, creando, disfrutando y descubriendo.  Orfeo se estanca en el fracaso y la depresión y muere.

Su cabeza cortada es símbolo de la conciencia necesaria para hacer crecer nuestras semillas renovadas, llenas de la vitalidad de la verdadera intuición. Su cuerpo descuartizado enriquece otra vez las aguas del río de la vida para dar alimento a otras semillas y otros nacimientos.

Ambos mitos sirven para comprender el poder de los ciclos en su alternancia de luz y oscuridad, y pueden servirnos para entender el valor simbólico de los eclipses, en los que el sol o la luna desaparecen tras el velo de la sombra, para reaparecer renacidos de su viaje a la oscuridad. Como cada mes la luna en sus fases y cada año el sol en sus estaciones.

 

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