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LA CASA ROSIER

Posted on 30/06/2015 by

Habían pasado quince años desde que June y yo, aquel día terrible, descubrimos los tres cadáveres en la casa Rosier. En ese tiempo me había convertido en un hombre alto y arrogante, con el aire de autoridad que me daba ser comisario de distrito.

Los años me han ido achicando el cuerpo y me han colocado en el lugar que me corresponde, y la chulería se me quedó extraviada aquel día que decidí volver a la casa.

Desde la muerte de mi padre no había vuelto, había conseguido borrar todos los recuerdos menos esa angustia sorda que sentía al pensar en June. El único representante de las fuerzas vivas que quedaba de aquella época era el alcalde, Monsieur Coton, Pierre Coton. Dedicado a la cría de abejas, vivía con su  mujer en una granja a la salida del pueblo.

Antes de ir a verle no pude evitar acercarme a la casa, no había vuelto desde el día trágico. Recordaba la escalinata de la entrada, las columnas blancas que sostenían la terraza, los setos y trepadoras que crecían voraces, aferradas a las ventanas, el laberinto del jardín y la rosaleda.

La verja de la entrada estaba rota y oxidada, el jardín se había convertido en un basurero de chatarra, muebles viejos, latas, cristales, maleza. Algunos rosales todavía  florecían en medio de aquella ruina.

En la puerta, el olor a podrido inundaba la atmósfera, imaginé todo tipo de animales muertos y suciedad, sentía una opresión en el pecho y me costaba respirar, pero me adentré avanzando por el pasillo.

Polvo, excrementos animales, basuras de todo tipo se acumulaban en los rincones. Me asomé a la cocina y al saloncito de la planta baja, donde encontramos a la mujer y al hombre, el suelo estaba cubierto de mugre.

Subí las escaleras despacio, controlando la respiración. El personaje de poli duro empezó a desmoronarse frente a todos los terrores que acechaban mi alma adolescente. Al llegar al dormitorio de la vieja, un puño me agarró  la garganta, la silla de ruedas, que seguía ocupando el centro del cuarto, vigilaba la escalera. Todavía se veían las manchas negras de sangre en el respaldo y en el asiento. Sentí una marea de angustia en el pecho y me pareció oír la risa siniestra de la vieja. Me zumbaban los oídos y bajé la escalera gritando y corriendo como un loco, perseguido por todos aquellos fantasmas que creía muertos. Perdí la noción de todo, aquel horror me había saltado a la cara como un gato salvaje.

Un viejo ciprés, que crecía imponente y libre en medio de aquella basura, me sirvió de abrazo y lloré en él como un chiquillo, sin pudor, ya no tenía corazas, estaba sólo conmigo mismo y con aquel recuerdo, y mi miedo y mi abandono. Con todo lo que no hice después, lo que me había robado a mí mismo y no sabía por qué.

Al rato me dirigí al coche y arranqué camino de la granja de Monsieur Coton. Estaba avisado de mi visita y, aunque no sé si imaginaba el motivo, me tranquilizaba verlo, de alguna forma sustituía al padre muerto y como el ciprés, era un eje sólido al que aferrarme en medio de  la avalancha de recuerdos.

 

2 Comments

  1. Estoy intrigadisima queriendo leer el resto para saber, que fue lo que paso en esa casa.
    Creo que me va a encantar. Fenomenal conienzo con mucha intriga
    Besos

  2. LA COSA ESTÁ QUE ARDE! NO TARDES EN SACAR EL LIBRO, QUE ME MUERO DE CURIOSIDAD!

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