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Hōseki no hana

Posted on 03/11/2016 by

A los doce años, Hōseki no hana era blanca, pequeña, delgada, ligera como una pluma. El emperador preguntó por ella el día después de morir su madre, una de sus damas favoritas. Le pusieron cinco kimonos de seda, le blanquearon la cara, añadieron dos cejas sorprendidas a su pequeña frente y un pellizco rojo en los labios.

Al emperador le pareció hermosa como una flor y Hōseki se convirtió en flor de la corte, en parte del paisaje, en estatua viva que adornaba los paseos de la familia imperial. Aumentó el número de kimonos de seda de su equipaje y le fueron asignadas dos camareras que la vestían y la maquillaban cada día.

Hōseki era una niña tranquila y callada y aunque pasear por el palacio envuelta en kimonos la aburría, se acostumbró a su función decorativa. Era demasiado joven para ser consciente de que ese rol suponía convertirse en doncella intocable.

Tenía muchas horas libres para jugar sin maquillajes ni kimonos de seda. Se volvía invisible con su camisa y sus bombachos y lanzaba sus barquitos de papel en lo estanques del jardín con los demás niños y niñas. Uno de esos niños, el tercer príncipe, descubrió la doble vida de Hōseki y empezó a espiarla en su cámara. Cada noche la desnudaban poco a poco de sus kimonos de seda, cada uno de un color y con un dibujo diferente. El joven se extasiaba en el ritual, en el baño de Hōseki, en el olor de los aceites con los que untaban su cuerpo.

Ella lo descubrió un día en que él deslizó una flor en su mano. Se acostumbró a buscarlo con la mirada en el grupo de nobles y a observarlo tímida. Empezaron a detenerse y esperarse tras los setos, a deslizar palabras dulces.

Una noche, cuando las camareras apagaron las luces y se fueron, el príncipe entró en el cuarto de Hōseki. Sus cuerpos se abrazaron en la oscuridad y se quedaron quietos y en silencio hasta la madrugada.

El emperador había decretado que Hōseki nunca podría ser amada y acariciada como las otras jóvenes, que solo sería para ser observada y decorar las ceremonias de la corte. Él sintió miedo y no volvió. Ella observaba de lejos sus juegos con otras damas.

Hōseki contenía su pena detrás de los polvos de arroz, de las precisas líneas de su maquillaje de flor. El príncipe a veces contemplaba su figura con un poco de nostalgia y un día sintió la emoción del peligro.

Hōseki sabía que no tendría otro futuro que el de pasear los salones y jardines, tocar el koto, componer poesías y murmurar sobre los amores de sus compañeras y al final, cuando se hubiera  vuelto completamente invisible y  nadie quisiera contemplarla en palacio, podría  terminar sus días en la celda de algún convento.

Una mañana, mientras la familia real celebraba el festival de primavera en los jardines, ella le lanzó un destello con su espejo de bronce y desapareció rápida entre los árboles. Él la siguió, seguro de que estaría en un recodo del riachuelo donde el agua se agitaba por la pequeña cascada de un manantial y donde en el pasado solían reunirse para hacer bailar sus barquitos infantiles.

Se entregaron el uno al otro como si no existiera nada más, como si después solo les esperara la muerte, como si esa entrega fuera su única posibilidad.

Ella tuvo que esperar escondida a que la corte volviera al interior de los palacios para que nadie descubriera su maquillaje destrozado y el barro que manchaba sus kimonos.

Él volvió a desaparecer y pasaron los días. Hōseki le escribió un poema que le hizo llegar por medio de una de sus camareras.

 

La luna pasea en la oscuridad de mi cuarto,

recuerdo tu olor y tus caricias,

solo los grillos acompañan mi soledad.

 

Al día siguiente se alegró al recibir respuesta del príncipe.

 

Crece mi amor con la luna,

cuando esté llena volveré  

donde el manantial salta para besar el río.

 

Y ella no dudó en responderle:

 

El viento arrastra hojas y flores cortadas,

yo me dejaré llevar para esperar a mi amor

a la orilla del manantial.

 

Durante un tiempo entrelazaron sus poemas y sus abrazos furtivos. Hōseki soñaba con otros paisajes, con respirar aire fresco más allá de sus máscaras. Le pidió que escapara con ella de la ciudad imperial, marcharse juntos a vivir a algún lugar en las montañas, un lugar donde nadie los encontrara nunca. Él entonces comenzó a distanciar sus mensajes, su pasión exaltada se fue disolviendo en excusas y aplazamientos. El primogénito del emperador había muerto de fiebres y él se había convertido en segundo príncipe. Los mensajes de Hōseki comenzaron a desaparecer en las llamas de los braseros.


Jirones de niebla sobre la luna menguante,

se acerca el otoño,

pronto estaré llorando.


Una de sus notas le apremiaba a volver a verse en la cueva, lo citaba justo antes del amanecer, el día de la primera luna. Las hojas de los árboles empezaban a dorarse, el aire era cada vez más frío y húmedo por la noche, Hoseki sentía que una sombra negra se le acercaba desde el futuro.

Esperó hasta bien entrada la mañana pero él no llegó. Volvió a citarlo y él le devolvió una rápida negativa con su camarera. Entonces Hōseki tomó su decisión definitiva.  Le pidió una última cita, pronto, al día siguiente al caer la noche.

Él aceptó verla, tenía planeada su boda con una dama importante pero pensó que quizás podría tener algunos encuentros con la dama flor, el peligro seguía excitándolo.

Hōseki se había perfumado y llevaba su mejor juego de kimonos de seda. El maquillaje resaltaba más que nunca sus bellas facciones. En sus ojos brillaba algo que al nuevo segundo príncipe le hizo estremecer. En los brazos de Hōseki sintió a la vez entrega y amenaza. Algo la envolvía, algo que él no podía comprender y que le atraía con tanta fuerza que no podía resistirse.

La corte había empezando a murmurar. Si su aventura llegaba a oídos del emperador podía ser desterrado a algún cargo en las provincias. Imaginarlo se le hacía insoportable pero con ella temblaba como si el mundo entero estuviera a punto de desaparecer.

Ella notaba su angustia y estaba desesperada, sabía que su amor no tenía futuro y no quería seguir viviendo sin él. Eligió la muerte. Le entregaría toda su sangre hasta fundirse.

Él decía que su amor venía de otras vidas, que eran uno desde siempre y lo seguirían siendo en futuras encarnaciones, pero ella no quería ser una flor solitaria en los salones del palacio, quería latir en su corazón.

Le convenció con la promesa del placer que recorrería su sangre, del poder que le convertiría en un príncipe legendario y en el nuevo emperador y él se entregó a sus deseos de los que iba bebiendo cada vez más ávido, más ansioso.

Las camareras de Hōseki estaban asustadas, ella tenía pequeños cortes en las muñecas y su mirada tenía un brillo extraño.

Murió sin ruido. Sus camareras espantadas huyeron del palacio. Los rumores volaron durante poco tiempo, el poder del príncipe había crecido y todos callaron. Sus heridas se explicaron con alguna extraña enfermedad, pero lo que estremeció las habitaciones de las damas y las llevó a dormir juntas todo el invierno, fue la sombra que habían visto flotar alrededor del cuerpo de Hōseki. El príncipe también había visto aquella niebla, pero él se sentía fuerte, lleno de vida y su poder crecía en el palacio y en el reino, le parecía justo seguir aumentándolo en honor de Hōseki, a la que creía sentir en su interior.

Tuvo que hacerse cargo de las tropas del ejército real durante una revuelta de campesinos en las provincias del Norte. Las heladas habían estropeado la cosecha y los impuestos de la corte habían llevado a los campesinos a la ruina. El gobernador de aquella zona se había unido a los campesinos, había que restaurar el orden y colocar a un nuevo gobernador.

Podía haberse quedado en la retaguardia, esperar a que sus hombres acabaran con los cabecillas y volver a palacio con las manos limpias, pero salió al campo con sus guerreros y pronto se sometió la rebelión.

Esa noche estaba inquieto y ansioso, daba vueltas en su habitación y salió a la terraza a observar el valle y las montañas que lo rodeaban, podía ver los vuelos de los buitres excitados, podía sentir el olor a sangre y carne desgarrada. Una muchacha entró a preparar el cuarto, estiraba los cobertores de la cama cuando sintió su calor, segundos después bebía como un loco de sus heridas.

Cuando descubrió lo que había hecho tomó asustado el cuerpo de la joven y cabalgó en la oscuridad hasta el lugar en la montaña donde los buitres celebraban su festín.

No quería pensar en lo que había pasado y enseguida empezó a olvidarlo, como había empezado a olvidar a Hōseki.

Su sed de poder le llevó a implicarse en una trama de intrigas con las que consiguió eliminar a su hermano el emperador. El tercer príncipe había conseguido convertirse en primero y estaba a punto de ser nombrado el nuevo emperador a pesar de la leyenda negra que lo envolvía y del miedo que despertaba.

Ya no tuvo que matar para saciar su deseo de sangre, una de las concubinas del antiguo emperador se la proporcionaba y él nunca quiso saber cómo la conseguía. Compartían sus orgías en un lugar alejado del palacio.

Las damas volvieron a contar viejas historias, corrieron rumores de que el fantasma de Hōseki vagaba por el palacio y la habían oído llorar en el puente de madera que cruzaba el canal.

Llegó el festival de verano en los jardines, los días y las noches se enlazaban con rituales, comidas, representaciones, danzas y conciertos.  El buen tiempo los mantenía despiertos hasta la madrugada.

Una noche, mientras el nuevo emperador contemplaba las miles de velas flotantes en el lago, le pareció ver la figura de Hōseki sobre el puente. Embriagado por el sake y los olores creyó que era ella, que con su kimono blanco y el cabello como una pincelada en la espalda, se adentraba entre los árboles en dirección al manantial.

Salió detrás de su fantasma, su amada muerta que relucía a la luz de la luna. Se entregó a sus brazos de niebla, a sus pequeños labios, volvió a sentir el sabor de su sangre.

Al día siguiente el cadáver del tercer príncipe y nuevo emperador apareció rodeado de lamparillas apagadas. De su boca manaba sangre convertida en arena y sus ojos enfocaban fijos un lugar donde los remolinos de agua hacían danzar un barquito de papel.

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