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EL SOL

Posted on 04/04/2016 by

El Sol es la estrella central de nuestro sistema, una gran esfera de gases incandescentes que se desplaza en la galaxia hacia un punto situado en la constelación de Hércules, cerca de la estrella Vega.

Cumple su revolución aparente en un año Trópico de 365 días aproximadamente.

En los antiguos mitos era el titán Hiperión, el que está en lo alto del cielo y lo conoce todo, que con Tea o Eurifaesa, la de amplio brillo, la diosa de la vista, tuvo a Helios, Selene y Eos, la aurora. Helios y Selene heredaron los poderes del Sol y de la Luna y se turnaban entre el día y la noche para recorrer el cielo en sus carros de luz.

Cuando Zeus repartió el mundo conquistado a las diosas, se olvidó de darle a Helios su lugar, por lo que al final éste tuvo que ceder su cetro al nuevo dios solar, Apolo, y retirarse a la isla de Rodas.

Tanto el Sol como la Luna fueron migrando por diferentes roles y polarizándose entre lo masculino y femenino, a pesar de que en tiempos más antiguos eran una única divinidad andrógina que se daba a luz a sí misma cada año en el solsticio de invierno e iba mutando en el cielo entre el día y la noche y sus diferentes luces y climas. Todos los toros y vacas son herederos poéticos de esa divinidad más adelante dividida y usurpada por los dioses guerreros.

Helios era representado como un auriga que recorría cada día el firmamento de Este a Oeste montado en su carro tirado por cuatro caballos: Flegonte (Ardiente), Aetón (resplandeciente), Pirois (Igneo) y Eoo (Amanecer).

El ciclo solar determina el clima de la tierra, por lo que cobró gran importancia como divinidad en los tiempos de los primeros pueblos agricultores, entonces se convirtió en el hijo de la diosa del cielo que cada invierno vovía a nacer e iluminar la tierra, y hacía florecer sus semillas, hijas también de la pareja divina, que en la plenitud de su luz daban su fruto.

En el solsticio de verano el joven sol maduraba hasta comenzar en otoño su viaje a la oscuridad, y en analogía con el ciclo vegetal, volvía a las entrañas de la tierra como semilla donde se preparaba para su nuevo renacimiento en el solsticio de invierno.

Aquellos pueblos conocieron y convirtieron en sagrado el calendario solar, fundamental para la supervivencia de los cultivos y de la vida, y honraban su poder para alimentar, sanar, purificar y despertar a la conciencia y el conocimiento de nuestro lugar en el universo.

Entre los egipcios era el dios que todos los días nacía de la diosa del Cielo, maduraba al mediodía, envejecía por la tarde y por la noche viajaba al mundo de los muertos en su barco, y en su ciclo diario aseguraba el orden en el mundo. Como dios del amanecer era Jepri el escarabajo, que simbolizaba la resurrección, el renacimiento y la transformación. Ra durante el día, un hombre con cabeza de halcón, que por la noche se convertía en Atom, con forma humana y la doble corona de los faraones.

Helios era también Febo, brillante, resplandeciente, puro, como lo era Febe, la luna.

Como Faetón, hijo de Helios, mostraba su aspecto destructor cuando con sus rayos abrasaba la Tierra.

En la moderna época olímpica se convirtió en Apolo, nacido de Zeus y de Leto en la isla Ortigia, que desde entonces fue llamada Delos, brillante, porque según la leyenda se cubrió con una capa de oro al nacer el nuevo niño Sol, gemelo de Artemis, la nueva diosa Luna.

En el nuevo orden se convirtió en modelo de belleza masculina y, como nuevo dios de la luz, se apropió de los antiguos oráculos de las diosas, como el oráculo de Delfos, donde tuvo que matar a la serpiente Pitón que custodiaba la gruta oracular de Gea.

Como Apolo, siguió siendo un dios peregrino que pasaba una parte del año en Delfos y otra en el país de los Hiperbóreos, más allá del norte.

Apolo es el arquetipo del individuo que se descubre diferente del grupo, es la mente que despierta, la conciencia revelada, la esencia del ser.

El Sol es el centro del Sistema Solar, la estrella entorno a la que giran los demás planetas y es ante todo el arquetipo del centro, del corazón en el cuerpo y del sí mismo en la psique.

El Sol es el individuo en su esencia y es a la vez nuestra parte consciente y la vigilia diaria.

El ciclo solar representa en su viaje anual las etapas de la niñez, la adolescencia, la madurez y la vejez en la vida humana, que se manifiestan en las estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno.

El  signo en que tenemos el Sol indica nuestras tendencias innatas, es la esencia de nuestra energía como fuente de creación. La potencialidad del ser individual que se irá desplegando durante la vida.

Pero el Sol también quema, seca y provoca enfermedades, por lo que representa la necesidad de reconocer cómo actúa nuestro ego, el orgullo y la arrogancia que oscurecen la razón, el deseo egoísta que destruye el sentimiento y la intuición.

Donde tenemos el Sol es donde somos Febo, donde podemos ser puros y brillantes, pero también podemos ser Faetón o Apolón, destructores de ego inflado.

Su paso anual por el zodiaco celeste es símbolo de los climas terrestres y sus arquetipos afines. Representa aquellas cualidades latentes de nuestro ser interno que necesitamos descubrir y desarrollar.

Con su energía de luz alimenta el crecimiento de los seres en la tierra, por lo que es símbolo del espíritu que alimentan la creatividad y la voluntad de ser.

Como peregrino que nace y muere en el año y viaja por el cielo, nos enseña que la vida es ciclo y cambio, y que el ser único que encarnamos es energía que fluye, es movimiento y transformación continua.

Nuestro Sol natal nos ayudará a ver las cualidades de ese fluido energético que somos y a elegir las variadas percepciones y manifestaciones creativas de nuestro viaje.

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