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EL DUENDE

Posted on 24/08/2016 by

Recuerdo trozos de ese viaje como una alucinación. Como si ese seminario fuera la tapadera de alguna especie de iniciación en algún misterio, y creo que de verdad lo viví así. Todo vibraba, no sé cómo explicar esa sensación de vida recorriendo los cuerpos y el tiempo, que a veces avanzaba a toda velocidad y a veces parecía estar quieto y ser eterno. Ahora siento que algunas cosas que percibí en esos momentos siguen vibrando en mí con la misma intensidad.

Aquella casa pegada al suelo, blanqueada y abierta al paisaje con un porche que recorría la fachada principal. Los cultivos de trigo y girasoles hacia el horizonte y ese sonido rítmico que empezó después de la comida, templado por el mosto. Ese sonido que las manos sacaban de cañas y tambores, que llegaba desde la tierra para extenderse por el paisaje a nuestro alrededor. Lo que pasó en la larga tarde y en la noche en medio de los campos, frente a la puesta de sol, a las estrellas y al amanecer, era algo ancestral. Un ritmo que brotaba de las piedras y del sol y de la luna, y de las manos encallecidas y de las caderas de las mujeres. De vez en cuando alguien daba una cabezada contra la pared, sobre los bancos de cemento. El mosto, el pan con queso, las migas, las habas y los pimientos fritos, también nos recorrían como la música y el aire y el olor de la tierra. Cuando llegó el día, los pájaros tomaron el relevo y continuaron la música, y alguien nos dio café y nos fuimos. Yo me sentía lúcido y abierto como nunca.

No creo que sea algo que pueda explicarse, hay que vivirlo. Se abre la puerta o no se abre y si se abre, puedes sentir eso que llaman el duende, que te atrapa para siempre porque se queda en algún lugar de tu latido. Pero es también un recuerdo, el de un sonido que comenzó con el viento entre los árboles, con el trotar de las grandes manadas, con las gotas de lluvia sobre las piedras y las hojas. Un sonido que pasó a las manos y los pies y a las gargantas, a las pieles de los tambores, a las cañas y a las guitarras.

             Fragmento de la novela:

Cailleach

 

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